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“Que nadie me llore”… pero que me pongan otra ronda en el Penta.

Hay videoclips que se ven. Y luego están los que se viven, como este de “Que nadie me llore”, que te golpea con la misma energía que entrar en un bar de Malasaña un viernes a las 2:17 de la madrugada: luces bajas, música alta, y un señor con bigote que podría ser tu tío o un bajista de 1984.

Porque tú le das al play esperando un tema pop normalito… y de pronto te encuentras en una especie de fiesta emocional que huele a Movida Madrileña: guitarras felices, gente que baila sin pedir permiso, y esa sensación de que en cualquier momento aparecerá Alaska con un abrigo imposible diciendo “cariño, súbeme el volumen”.

Ese espíritu ochentero que te agarra del cuello de la camisa

El vídeo tiene algo que no se explica: esa chispa que te recuerda a cuando Madrid era un laboratorio de excesos, colores, y peinados que desafiaban la física.

De repente, mientras lo ves, te invade un pensamiento muy serio. “Esto, con un poco más de humo y un camarero borde, sería exactamente el Tupperware en 1987”.

Y tú, que estabas tan tranquilo, empiezas a mover los hombros como si fueras parte de un videoclip de Radio Futura grabado con presupuesto cero y actitud infinita.

Coreografía nivel Malasaña: pasos que no sabías que sabías

El estribillo te atrapa y te transforma. Ya no eres tú: eres una mezcla entre un extra de La Bola de Cristal y alguien que ha bailado tres horas seguidas, sin saber si era fiesta o exorcismo.

Empiezas a hacer:

  • El paso del “me da igual todo”,
  • El paso del “esto con hombreras sería arte”,
  • O el mítico paso de “no sé bailar, pero tengo actitud, que es lo que importa”.

Conclusión científica (nivel: bar de barrio)

La Movida nos enseñó tres verdades universales:

     La vida es mejor con un estribillo pegadizo.

     El mundo se arregla bailando, aunque sea mal.

     La vergüenza es un invento burgués.

Así que hoy, por decreto malasañero, te invito a hacer lo mismo: ponte la canción, sube el volumen, y deja que tú yo ochentero salga a pasear. Ese que no tenía miedo a nada, ni a los colores chillones, ni a los bares donde el suelo pegaba.

Porque, como diría cualquier parroquiano de 1986: si no puedes cambiar el mundo, al menos que te pillen bailando.