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Cuando el Tour parecía Noruega y ahora parece Benidorm.

Hubo un tiempo —sí, existió, aunque algunos escépticos del clima digan que no— en el que ver el Tour de Francia era como ver un documental de fiordos pero con ciclistas tiritando. La gente en las cunetas llevaba manga larga, chubasqueros, paraguas, y esa mirada de “yo solo venía a ver pasar a Hinault, no a sobrevivir a una borrasca”.

Hoy, en cambio, el Tour parece una playa móvil: público en tirantes, chanclas, sombreros de paja y neveras portátiles. Si uno se despista, cree que en vez de una etapa de montaña están esperando a que empiece la sesión de DJ.

El Tour playero y la memoria meteorológica selectiva.

Los escépticos del cambio climático dicen que no pasa nada, que “este año ha hecho calor, ya está”. Pero claro, uno compara las imágenes del Tour 1980 —lluvia horizontal, niebla, ciclistas con cara de “¿por qué?”— con las del Tour actual —gente en bikini en los Pirineos— y empieza a sospechar que igual, solo igual, el planeta ha cambiado un poquito.

Nada grave, solo que los Alpes ahora parecen Almería. Los Pirineos, Tenerife. Y el Mont Ventoux, si esto sigue así, acabará siendo Ventoux Beach Club.

La ciencia lo explica, pero la sátira lo disfruta.

Los climatólogos hablan de anomalías térmicas. Yo prefiero hablar de la señora de Savoie, que en 1982 llevaba un impermeable verde fosforito y ahora aparece con un pareo y gafas de sol tamaño parabólica.

O del mítico espectador que antes gritaba “¡Allez Bernard!” bajo la lluvia y ahora grita “¡Allez Tadej!” mientras se abanica con un folleto turístico de la Costa Azul.

El Tour como termómetro cultural.

El Tour siempre ha sido un espejo del mundo. Antes reflejaba un verano europeo normal: fresco, cambiante, a veces lluvioso. Ahora refleja un verano globalizado: seco, abrasador, casi playero.

Los escépticos seguirán diciendo que es casualidad. Pero si un día vemos a los ciclistas parar para ponerse protector solar factor 50, yo ya no sé qué más pruebas quieren.

Conclusión científica.

No es que el Tour haya cambiado. Es que el clima ha cambiado, y el Tour solo pasa por ahí para recordárnoslo.

Antes era un festival de lluvia. Ahora es un festival de rayos UV. Y si aparece alguien con manga larga, probablemente es un turista británico despistado.

Y mientras el pelotón avanza bajo un sol que parece patrocinado por una bombilla industrial, uno no puede evitar tararear aquello de “Lucha de gigantes”, pero versión meteorológica: “Lucha de veranos, convierte el Tour en un socarrar encantado…” Porque sí, queridos negacionistas del cambio climático el Tour ya no es Noruega. Es Torremolinos con bicis y sin chiringuitos.