
SIN RÍMEL NO SE PUEDE VIVIR.
(Crónica de un dogma cosmético contemporáneo)
Esta frase se la escuché a una chica joven decírsela a otra en una tienda a las cuales a las chicas y no tan chicas les gusta visitar habitualmente o a menudo porque la verdad es que siempre hay cola en la caja y realmente se me ha quedado pegada al cerebro como un chicle en la suela, sobre todo porque fue proclamada con una solemnidad casi religiosa: “Sin rímel no se puede vivir.”
Y claro, yo me quedé pensando. No en el rímel, sino en la contundencia. Esa frase tenía la energía de un manifiesto político, la rotundidad de un eslogan de la Movida, y el dramatismo de un final de canción de Eros Ramazzotti donde él mira al horizonte mientras llueve sobre un Fiat descapotable.
EL RÍMEL COMO PILAR DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL.
Porque, seamos sinceros: hay gente que necesita café para existir, otros necesitan silencio, otros necesitan que el Wifi no falle. Pero esta chica había ascendido a un nivel superior: su existencia dependía de un tubo de pintura negra para pestañas.
Imagínate a los filósofos griegos escuchando esto. Aristóteles tomando notas. Platón diciendo: “Interesante, muy interesante, ¿pero es waterproof?”. La chica, imperturbable, respondería: “Obvio.”
DRAMA, IDENTIDAD Y PESTAÑAS.
Lo mejor es que lo dijo con una convicción que ya quisieran algunos líderes mundiales. Ese “sin rímel no se puede vivir” no era una frase: era una declaración de principios, una brújula moral, un GPS emocional.
Y yo, que soy un simple observador del mundo, pensé: ¿Y si el rímel es el nuevo tótem urbano? Ese objeto que, si falta, desata el caos:
- Reuniones canceladas.
- Autoestima en huelga.
- Pestañas en estado de emergencia nacional.
LA VIDA SIN RÍMEL: UN EXPERIMENTO SOCIAL FALLIDO.
Intenté imaginar un universo alternativo donde la chica sale de casa sin rímel. El cielo se oscurece. Los pájaros dejan de cantar. Un perro ladra a lo lejos, triste, como si presintiera una tragedia. La chica se mira en el reflejo de un escaparate y el mundo entero se detiene como en un videoclip de Sabina, pero sin glamour.
Conclusión: no, no se puede vivir sin rímel.
EPÍLOGO ABSURDO PARA GENTE SERIA.
Y aquí estoy, escribiendo sobre esto porque, en el fondo, me fascina cómo una frase tan pequeña puede contener tanta épica. Quizá la chica no lo sabía, pero ese día nos regaló una verdad universal: cada generación tiene su talismán, y el suyo es un tubo de rímel que promete que, pase lo que pase, las pestañas seguirán firmes como las decisiones de Donald Trump.
Si algún día me da por escribir un libro sobre filosofía urbana, esta frase irá en la portada. Con tipografía grande, por supuesto.