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Los tontos locales y los tontos municipales: se  parecen o se confunden.

En cada pueblo, ciudad o pedanía con más semáforos que vergüenza, existe una biodiversidad humana que la UNESCO debería estudiar. Entre ella destacan dos criaturas esenciales para entender la vida pública: el tonto local y el tonto municipal. Parecidos, sí. Confundibles, también. Pero diferentes como un melón de Villaconejos y una naranja de Valencia.

El tonto local: patrimonio inmaterial del barrio.

El tonto local es ese individuo que aparece en todas las conversaciones sin haber sido invitado. No hace falta que esté presente: su espíritu vaga por las calles como una brisa de confusión.

  • Sabe de todo, pero nada coincide con la realidad.
  • Opina con la seguridad de un notario, pero con la precisión de un pulpo jugando al parchís.
  • Es capaz de explicar cómo funciona un satélite… usando metáforas sobre gallinas.

El tonto local es entrañable. A veces incluso útil: cuando aparece, uno recuerda que la cordura es un regalo y que conviene cuidarla.

El tonto municipal: nivel institucional.

El tonto municipal es distinto. Este ya viene con sello, despacho y fotocopia compulsada. No es que sea más tonto: es que su tontería tiene presupuesto.

  • Confunde “plan estratégico” con “poner una pancarta”.
  • Cree que un Excel es un animal mitológico.
  • Si le das un mapa, te señala dónde está “arriba”.
  • Tiene reuniones para preparar reuniones que preparan reuniones.

El tonto municipal no es entrañable: es inevitable. Como las obras que empiezan en junio o las farolas que se encienden a las tres de la tarde “por protocolo”.

Cómo distinguirlos sin riesgo de intoxicación.

  • El tonto local te habla en la barra del bar.
  • El tonto municipal te habla en rueda de prensa.
  • El tonto local improvisa.
  • El tonto municipal improvisa pero con PowerPoint.
  • El tonto local te confunde.
  • El tonto municipal te confunde y además te cobra tasas.

Convivencia pacífica.

La clave para sobrevivir a ambos es sencilla: no discutir, no preguntar y no intentar razonar. La tontería, cuando se organiza en ecosistema, funciona como la humedad: cuanto más la tocas, más se extiende.

Epílogo musical.

Y mientras los tontos locales y los tontos municipales siguen regando el mundo con sus ocurrencias, se puede poner de fondo “Mi agüita amarilla” de Los Toreros Muertos, porque pocas canciones describen tan bien la sensación de que todo fluye… pero nada mejora.

Nota del autor: Si el lector encuentra aquí un parecido con algún funcionario o cargo conocido, será cosa de su imaginación. Todo parecido con la realidad es pura casualidad, aunque a veces la casualidad tenga nómina fija.