pez pecera

Peces de ciudad en un mundo que hace aguas.

 

Hay días en los que el planeta entero parece escrito por Joaquín Sabina después de una noche larga, dos cafés, tres contradicciones y un taxi que nunca llega. Un mundo donde todos vamos nadando como peces de ciudad, pero no de los que se esconden en las fuentes de Neptuno, sino de los que chapotean en titulares, algoritmos y geopolíticas que cambian más rápido que los precios del petróleo.

Sabina decía aquello de “cuando se hundió la ciudad de la furia”, bueno, no lo decía él, pero podría haberlo dicho perfectamente, y la verdad es que hoy la furia no se hunde: se exporta, se embotella y se vende con descuento en cualquier telediario.

Mientras tanto, nosotros seguimos nadando, pero con ese estilo torpe de quien aprendió a bracear viendo tutoriales de YouTube.

Antes, los peces de ciudad se perdían en bares con humo, noches eternas y promesas que duraban lo que un semáforo en ámbar. Ahora se pierden en notificaciones, en debates que duran 14 segundos y en vídeos de gente que te explica cómo ser feliz en cinco pasos, aunque ellos mismos no han superado el segundo.

El mundo está tan raro que si Sabina escribiera hoy la canción, en vez de hablar de sirenas que no saben cantar, hablaría de chatbots que no saben callar y de políticos que no saben parar.

Geopolítica para peces despistados.

La situación internacional es tan absurda que parece un spin-off de la copla.

Países que se enfadan como adolescentes.

Alianzas que duran lo que duran como un whisky on the rocks.

Líderes que prometen paz mientras venden drones como si fueran rosquillas.

Y nosotros, peces de ciudad, mirando desde la pecera, con la nariz pegada al cristal, preguntándonos si alguien ha comprobado que el agua esté a la temperatura adecuada.

A veces pienso que el mundo se ha convertido en un karaoke donde todos cantan, pero nadie sabe la letra. Y cuando alguien la sabe, resulta que es de otra canción.

Final con guitarra rota.

El planeta sigue girando, nosotros seguimos nadando, y Sabina sigue recordándonos que, aunque el mundo esté del revés o del "verrés", siempre queda un bar, un verso o una ironía para sobrevivir.

Quizá la clave esté en aceptar que somos peces de ciudad, sí, pero peces resistentes, de esos que han visto de todo y aun así siguen moviendo la cola con dignidad.

Porque al final, como diría el maestro, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero, viendo cómo está el mundo, igual tampoco es mala idea darse una vuelta por allí, aunque sea para comprobar si todavía queda agua en la pecera.