Muere la persona, nace el mito.

Dos gigantes del rock español nos han dejado: Jorge Martínez de Ilegales y Robe Iniesta de Extremoduro. Ambos marcaron generaciones con su música, su actitud y su autenticidad, y hoy merecen ser recordados como leyendas que nunca se apagarán.

 

 Jorge Martínez, el indomable de Ilegales

 

Fue el alma y carácter animal de Ilegales, una banda que desde los años 80 sacudió el panorama con himnos como “Soy un macarra” o “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”. Su estilo directo, provocador y sin concesiones lo convirtió en un símbolo del punk-rock español, siempre fiel a su guitarra y a su manera de entender la vida, incluso en sus últimos días, según su editor musical, seguía pensando en nuevas canciones y proyectos, aferrándose a la música como su razón de ser. Su último disco, Joven y arrogante, fue una despedida coherente con su espíritu: desafiante, vital y sin miedo.

 Robe Iniesta, el poeta de Extremoduro

 

Robe fue mucho más que un músico, se le recuerda como poeta, filósofo y humanista contemporáneo, capaz de transformar el dolor y la rebeldía en versos que marcaron a millones. Nacido en Plasencia, su voz rota y sus letras crudas dieron forma a un estilo único, donde la poesía se mezclaba con el rock más visceral. Con Extremoduro y luego en solitario, dejó un legado que va desde himnos como “So payaso” hasta colaboraciones recientes que mostraban su vigencia y sensibilidad. Fue reconocido en 2024 con la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes, un homenaje institucional a un artista que nunca buscó pedestales, pero que terminó construyendo uno con su obra.

 

La coincidencia de sus muertes en apenas 24 horas ha dejado al rock español huérfano de dos de sus voces más auténticas. Jorge representaba la furia y la irreverencia, Robe, la poesía y la introspección.  Ambos compartían una misma esencia: vivir la música como un acto de libertad.

 

Hoy, los escenarios están más vacíos, pero sus canciones siguen resonando. Porque mientras haya alguien que grite un verso de Robe o un riff de Jorge, ellos seguirán vivos.

A este lado de la carretera.

a este lado de la carretera

A este lado de la carretera, de Danza Invisible es mucho más que una copla o canción ochentera, es todo un himno de carretera, un karaoke improvisado y, si me apuras, un manual de supervivencia para cualquier viaje en coche.

 

Cuando Van Morrison se cruzó con Torremolinos.

 

Lo curioso es que la canción no nació en Torremolinos, sino en la pluma de Van Morrison, y Danza Invisible la adaptó en 1988 para publicarla en su disco A tu alcance. O sea, que lo que empezó como folk-rock irlandés acabó convertido en un clásico del pop español de carretera. Es como si un pub de Belfast se hubiera teletransportado, a la Costa del Sol, con chanclas y rebujito.

 
 

Filosofía de carretera.

 

El título ya lo dice todo: A este lado de la carretera. Es como un recordatorio de que, aunque el tráfico esté atascado, lo importante es el lado en el que cantas. Porque si lo miras bien:

El lado aburrido es el del GPS diciendo “recalculando”.

El lado divertido es el de Danza Invisible sonando a todo volumen.

 

Lo más curioso es que, después de más de 40 años, la banda hasta hace un par de años seguía llenando conciertos. O sea, que si pensabas que era solo una canción para viajes, resulta que también es un pasaporte para colgar el cartel de “sold out”.

“A este lado de la carretera” es la canción definitiva para sobrevivir a la autovía, al atasco y hasta al coche de tu «cuñao». Porque si algo nos enseñó Danza Invisible es que, mientras haya música, siempre habrá un lado de la carretera que merece la pena.

 

Los ladrones van a la oficina.

cartel

Los ladrones van a la oficina, crónica de un día laboral muy habitual.

 

Dicen que “los ladrones van a la oficina”… y no, no hablo de la serie noventera, sino de esa tragicomedia diaria que se representa, si no a diario un día si y otro no, en los parlamentos, ayuntamientos y demás habitáculos oficiales. Porque si algo hemos aprendido es que el traje y la corbata no hacen al honrado, también disfrazan a los granujas y sinvergüenzas.

 La rutina del ladrón de corbata.

 

  • Fichar a las 9. No con tarjeta, con reconocimiento facial, con la cara más dura que el diamante.
  • Café de media mañana. Se toma con azúcar… y contratos públicos inflados.
  • Reunión de equipo. “¿Cómo repartimos la obra pública entre primos, cuñados o amigos del colegio?”
  • Hora de comer. Menú del día pagado con dietas que superan el precio de un IPHONE.
  • Informe de la tarde. Se titula “Cómo justificar gastos sin justificar nada”.

 El mobiliario de la oficina corrupta.

 

  • Sillas ergonómicas para aguantar largas sesiones de “no recuerdo”.
  • Archivadores llenos de papeles que desaparecen misteriosamente.
  • Una impresora que solo saca facturas falsas.
  • Y, por supuesto, un despacho con vistas… a Suiza.

 El teatro político.

 

La frase “los ladrones van a la oficina” se puede considerar un género teatral.

  • El protagonista: un político que jura transparencia mientras guarda la llave de la caja fuerte.
  • El antagonista: el ciudadano que paga impuestos y recibe migajas.
  • El clímax: la rueda de prensa donde todo se niega con una sonrisa ensayada.

 Conclusión.

 

En este país, el verdadero coworking no está en WeWork, sino en los pasillos del poder. Allí se comparten favores, se intercambian sobres y se hacen networkings que terminan en juzgados.

Porque sí, los ladrones van a la oficina… y lo peor es que cobran nómina, dietas y hasta acumulan días de cotización, para al final desaparecer con una buena pensión.

 

Para hacerlo con más diplomacia, robar es una palabra muy mal sonante, solo se cambian las cosas de ubicación.

 

Por siempre jóvenes.

guerra fria

A los  lector@s que estén leyendo esto en lugar de aplicarse su sérum de ácido hialurónico, les comento que parece ser que se ha descubierto el secreto de la juventud eterna. Y no, no tiene nada que ver con embadurnarse de barro destilado, ni con beber agua alcalina bendecida por un monje tibetano y por supuesto tampoco dormir boca arriba para evitar las arrugas de la almohada.

Dicen que la juventud es un estado mental… pero yo creo que es más bien un estado de negación. Porque, seamos sinceros: ¿quién no ha dicho alguna vez “yo todavía aguanto como a los 20”, justo antes de lesionarse ajustando el tornillo flojo de una silla de playa.

 Trucos infalibles para estar siempre jóvenes.

 

El espejo estratégico: nunca uses uno con demasiada luz. La penumbra es tu mejor compañía.

Lenguaje actualizado: di “bro”, “cringe” o “random” aunque no sepas qué significan. La juventud está en sonar confundido pero moderno.

Baile improvisado: cuando suene música, haz un paso ridículo. Si alguien pregunta, di que es “TikTok style”.

Nutrición selectiva: pizza con piña no envejece, porque nadie sabe en qué época se inventó.

 Filosofía del “siempre joven”

 

Estar siempre joven no significa tener la piel tersa, sino seguir creyendo que un karaoke a las 3 de la mañana es buena idea. Es reírse de los memes que no entiendes, bailar como si tu rodilla no tuviera historial médico y pensar que el futuro todavía está lleno de sorpresas (aunque la sorpresa sea que ahora te entusiasma comprar bombillas LED).

 Conclusión.

 

La juventud eterna no está en el botox, ni en los filtros de Instagram, sino en mantener la capacidad de reírse de uno mismo. Porque mientras sigas diciendo “yo todavía puedo” y luego te duela la espalda… ¡Sigues siendo joven de espíritu!

Por cierto esta estupenda canción de los 80, habla de la incertidumbre y el miedo al futuro, marcado por el contexto de la Guerra Fría, y la amenaza nuclear, que parece ser que ha regresado en otro entorno . Al mismo tiempo, también transmite una mezcla de nostalgia y esperanza, convirtiéndose en un himno generacional sobre la fragilidad de la vida y el anhelo de inmortalidad.

Me subo por las paredes.

subida pared

Efectivamente,  Antoñito Molina y Abel Pintos se suben por las paredes por amor, los españoles lo hacemos por la política, sin arnés, a pelo, y a pecho descubierto.

 

“Yo te espero a cada hora y si no vienes, desespero y me subo por las paredes…” canta Antoñito Molina con Abel Pintos, en una oda o alabanza al amor desesperado. Pero si cambiamos “amor” por “gobierno estable”, la canción se convierte en el nuevo himno nacional no oficial. Porque en España, esperar a que se pongan de acuerdo en el Congreso es como esperar a que vuelva la  peseta, una mezcla de nostalgia, fe ciega y un poco de masoquismo.

 

¿Quién no se ha subido por las paredes últimamente?

 

Cuando un político dice  “hemos escuchado al pueblo”… me subo por las paredes buscando el altavoz que usaron.

Cuando el Congreso parece más un plató de “Sálvame” en vez de una cámara  legislativa… me sigo subiendo por las paredes.

Cuando un político promete “soluciones inmediatas”… vuelvo a subirme por las paredes pero esta vez con cronómetro y palomitas, y de paso que llueva café en el campo.

Menos mal que mientras tanto, Antoñito y Abel nos lo cantan con alegría, como si el caos institucional fuera una historia de amor con final feliz.

 

 

 Diagnóstico: España sufre de, síndrome de subida «paredil» crónico.

 

Síntomas:

Gritar “¡otra vez elecciones!”. Como si fuera un déjà vu.

Desarrollar alergia a las ruedas de prensa.

Escuchar a Abel Pintos y pensar que “la marea al brillo de la luna llena” es una metáfora de los cambios de opinión de ciertos partidos.

 

Conclusión, al menos nos queda el arte.

 

Mientras esperamos que alguien en el Congreso sepa conjugar el verbo “consensuar”, nos resguardamos en canciones como esta. Porque si vamos a desesperar, que sea con una copla pegadiza, una guitarra flamenca y un argentino que nos recuerda que el drama, también se puede bailar.

La política es como un carnaval, todos  llevan máscara, todos pueden prometer y prometen,  y al final… ¡Todos desaparecen!