Aranceles, o Física cuántica.

gato

Podría escribir sobre aranceles de Donald Trump, pero, sinceramente, eso sería como intentar explicar física cuántica a un perro. Mejor escribir directamente de física cuántica, porque, al menos, con los perros puedes usar premios para captar su atención. Con los burros hartos de potaje es imposible, ya que, lo único que pretenden es pasar a la historia presentando un reality show cada día.

La física cuántica es ese ” cuñao ” peculiar que aparece en las reuniones familiares diciendo cosas como: “El electrón puede estar aquí… o allá… o, ¿quizá en ambos sitios a la vez? Quién sabe, estoy dejando que el universo decida”. Esencialmente, la física cuántica son como las decisiones de Donald Trump un show de magia constante, donde las partículas no respetan ni las leyes físicas ni tu paciencia.

¿Has oído hablar del famoso gato de Schrödinger? Es como si alguien hubiera combinado física con una especie de reality show para gatos. Pobre gato, atrapado en una caja, en un limbo existencial entre estar vivo y no estarlo. Honestamente, el gato probablemente esté pensando: “¿Por qué no pudieron elegir un ejemplo menos perturbador? ¿Una pizza cuántica, tal vez?”.

Y no olvidemos el entrelazamiento cuántico, ese fenómeno loco donde dos partículas están tan conectadas que lo que le pasa a una afecta instantáneamente a la otra, sin importar la distancia. Es como si tu mejor amigo supiera que tienes hambre y apareciera con pizza, aunque esté a miles de kilómetros. Suena bien… hasta que recuerdas que en la vida real los amigos no funcionan como partículas entrelazadas.

Así que sí, se podría escribir de temas serios como tradiciones religiosas o políticas comerciales, pero prefiero  este caos cuántico. Porque, seamos honestos, tratar de entender la física cuántica es como intentar doblar una cuchara con la mente: increíblemente frustrante, pero también en cierto modo es adictivo

Por cierto lo cuántico también ha llegado a la música porque 1 +1 son siete a mí me confunde.

 

Acabo de consultar el último parte del Instituto Nacional de Meteorología para ver qué tiempo vamos a tener en Semana Santa y confirman que continuaran las lluvias hasta que deje de llover.

 

 

Qué hace una chica como tú….

mujer

“¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?” de Burning! Esa es la gran oda al ligoteo descarado y al misticismo de la noche. La canción suena como si alguien entrara en un bar lleno de humo, con luces parpadeantes y una pista de baile que parece el triángulo de las Bermudas. Es ese momento en el que ves a alguien que desentona tanto con el lugar que lo primero que piensas es: “¿Se habrá perdido o habrá hecho un pacto con el DJ?” En un tono más cómico, podríamos decir que esta canción es el himno oficial de los que buscan una excusa para iniciar una conversación, pero se quedan atascados en el “Hola”. Es como si el protagonista dijera: “No sé qué hace alguien tan impresionante aquí, pero voy a intentar no parecer un desastre mientras lo averiguo”. Una mezcla de inocencia y descaro, todo envuelto en un ritmo rockero.

Es un clásico del rock español, lleno de energía y actitud. El tema captura perfectamente el espíritu rebelde y despreocupado de su época, con letras que han resonado con varias generaciones. Burning, como banda, fue pionera en el movimiento rock urbano en España, y esta canción se mantiene como una de sus más icónicas.

Esta copla es de cuando la música tenía sentido, impresionante la parte instrumental con Antonio Vega a la guitarra.

 

Por cierto si te cuesta decir que tienes 50 años, prueba con 49,99. A los supermercados les funciona.

 

El consumismo es el opio del pueblo.

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El consumismo: el opio moderno que no te deja escapar de las compras online.

Vivimos en una época donde el sonido del carrito de compras virtual es más adictivo que el de la cafetera por la mañana. Si Marx estuviera aquí, probablemente diría: «El consumismo es el opio del pueblo», y lo diría mientras pide un trípode ajustable para su teléfono porque tiene que grabar un TikTok.

El consumismo nos ha convertido en auténticos exploradores del retail. ¿Necesitamos realmente esa funda de teléfono con forma de aguacate o ese dispensador de jabón que canta? No, pero lo compramos porque, honestamente, ¿quién no quiere un poco de entretenimiento en el lavabo? Comprar es una aventura, como un safari, pero con Wi-Fi y menos leones.

El «subidón» de la compra

Cada paquete que llega a casa es como Navidad… aunque sea septiembre. Abrir un paquete es una lotería emocional: «¿Qué compré esta vez? Oh, mira, 300 clips de papel en forma de flamenco. ¡Justo lo que necesitaba para sentirme productivo!» Pero ese subidón solo dura unos minutos, hasta que empiezas a dudar de tus decisiones vitales.

Adicciones modernas

Nuestros abuelos coleccionaban estampillas; nosotros coleccionamos pulseras fitness que no usamos, suscripciones a servicios de streaming que ni siquiera recordamos y gadgets de cocina que prometen hacer «la mejor tortilla del mundo» pero que terminan como pisapapeles.

¿Un antídoto?

A veces, en medio de todo esto, intentamos «desintoxicarnos». Dejamos de mirar ofertas, desinstalamos apps de compras… solo para caer en el «yo nunca quise, pero estaba rebajado». Pero oye, somos humanos. Y si una oferta del 50% en zapatillas que cambian de color no es tentadora, entonces, ¿qué lo es?

En resumen, el consumismo no es solo un opio; es un show, un drama y una comedia en un mundo donde «añadir al carrito» es la frase más peligrosa de nuestra generación. Pero, seamos sinceros, ¿quién no adora un poquito de «dopamina Prime» de vez en cuando?

 

«¡Salva al planeta! Compra una bolsa reutilizable… y ya de paso, llénala de cosas innecesarias.»

Si todo el mundo habla…

hablar

Si todo el mundo habla, hablara, o hablase de lo que entiende… ¿Sé acabarían las conversaciones?

Manuel Azaña, además de ser un hombre serio y comprometido con su tiempo, nos dejó frases que, vistas desde otro ángulo, tienen un potencial humorístico delicioso. Tomemos, por ejemplo, su idea: “Si todo el mundo hablara de lo que ….”. Vamos a diseccionarla con un poquito de humor (y cariño, claro).

El silencio nunca fue tan atractivo. Imaginemos por un momento que Azaña se sale con la suya y todo el mundo solo habla de lo que realmente entiende. Las reuniones familiares durarían 10 minutos, máximo. Los debates televisivos… bueno, desaparecerían directamente. Y Twitter sería un oasis de calma. ¿Quién podría quejarse?

Pero, claro, si aplicamos esta regla, ¿qué pasaría con los debates interminables sobre fútbol en la oficina? Porque, admitámoslo, saber gritar “¡fuera de juego!”, no equivale a entender la regla,  (que, según mi teoría, cambia cada vez que pestañeamos). ¿Y los amigos y «cuñaos» que opinan sobre política como si tuvieran una bola de cristal? Tendríamos que llenar ese vacío con un karaoke improvisado o, peor aún, con un baile temático.

El arte de hablar sin saber. La realidad es que hablar sin saber es, para muchos, un deporte nacional. Azaña subestimó la creatividad humana: podemos charlar durante horas sobre cualquier cosa, desde el clima (¿quién no ha dicho “parece que va a llover” mirando un cielo despejado?) hasta teorías conspirativas dignas del mejor guion de Hollywood.

Además, ¿qué sería de nuestras queridas reuniones sociales sin esas anécdotas de “un amigo me dijo que…”, que vienen sin pruebas ni fundamento? El universo colapsaría, eso está claro.

¿Una solución para la felicidad? Tal vez Azaña solo quería paz y un poquito de lógica. Pero seamos sinceros: si todo el mundo hablara únicamente de lo que entiende, nos privaríamos de los grandes momentos de confusión colectiva que nos unen como especie. ¿De verdad queremos un mundo sin conversaciones absurdas ni discusiones acaloradas sobre qué animal ganaría en una pelea, un oso o un tiburón?

En conclusión, podemos admirar la sabiduría de Azaña, pero también agradecer que no seguimos esta norma al pie de la letra. Porque, al final del día, hablar de lo que no entendemos nos recuerda algo importante: que el ser humano, aunque no siempre brille por su lógica, es maravillosamente entretenido.

 

Si los españoles habláramos solo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar.  » Manuel Azaña»

Nuevo orden, para más desorden?

maleta

 

El reciente acercamiento entre Donald Trump ( Sr. Trompeta para los amigos ) y Vladimir Putin  ( Sr. hijo de Putin para los enemigos ), ha generado un gran revuelo en la arena internacional. Este inesperado giro en la política exterior de Estados Unidos ha llevado a muchos a preguntarnos , cómo podría afectar al equilibrio de poder global, y a la paz  en un mundo ya de po sí desequilibrado.

En el mundo de la política, hemos visto alianzas sorprendentes, pero ninguna tan peculiar como la relación entre Donald Trump y Vladimir Putin. Este dúo dinámico y diabólico,  nos ha dejado a muchos rascándonos la cabeza y preguntándonos si estamos viendo una película de comedia romántica o un drama político.

Desde el primer encuentro, fue evidente que había una chispa entre ellos. Trump, con su característico peinado y su bronceado inconfundible, y Putin, con su mirada de acero y su habilidad para montar a caballo sin camisa, parecían destinados a ser amigos.  Amor, a primera vista?

Imaginemos por un momento cómo sería un día típico en la vida de estos, » dos burros hartos de potaje nuclear». Trump, con su característico peinado y su bronceado, se despierta temprano en la Casa Blanca. Mientras tanto, en el Kremlin, Putin se levanta después de una intensa sesión de judo y monta a caballo por la estepa rusa. ¡Qué contraste!

Un día, Trump decide llamar a Putin para invitarlo a una partida de golf en uno de sus campos de lujo. Putin, siempre dispuesto a probar cosas nuevas, acepta la invitación. Así que, ahí los tenemos, dos de los pataletos más poderosos del mundo, jugando al golf y discutiendo sobre política internacional entre hoyos.

Durante la partida, Trump no puede evitar hacer algunos comentarios graciosos. «Vlad, ¿alguna vez has pensado en abrir un campo de golf en Siberia? Podríamos llamarlo ‘Putin’s Paradise'». Putin, con su habitual seriedad, responde: «Donald, prefiero los deportes más extremos, como el judo y la pesca en hielo».

Después de la partida de golf, deciden ir a cenar a un restaurante de lujo. Trump, conocido por su amor por la comida rápida, sugiere pedir hamburguesas y papas fritas. Putin, por otro lado, propone un banquete de caviar y vodka. Al final, optan por una combinación de ambos, creando un menú único y extravagante.

La cena transcurre entre risas y anécdotas. Trump cuenta historias sobre sus días en el mundo de los negocios, mientras que Putin comparte sus aventuras en la KGB. A pesar de sus diferencias, encuentran un terreno común en su amor por el poder dictatorial y la grandeza.

En resumen, el acercamiento entre Donald Trump y Vladimir Putin es una historia que nos recuerda que, incluso en el mundo de la política, puede haber espacio para la amistad y el humor. Y quién sabe, tal vez algún día veamos una película basada en su relación, con un título como «Dos presidentes y un destino».

 

No existe bestia en el mundo más peligrosa que un pataleto con poder.