Año Nuevo, ese momento mágico en el que creemos que ahora sí.
Hay dos tipos de personas en Año Nuevo:
Tipo 1: El/la fiestero/a épico/a.
- Empieza a arreglarse a las 18:00 “por si acaso”.
- Brinda con cava, con sidra, con lo que pille.
- Dice “este año sí que sí” con una convicción que ni un político en campaña.
- A las 00:05 ya está mandando audios de 2 minutos a medio WhatsApp.
- Acaba bailando algo que no sabe si es bachata, reguetón o un ritual pagano.
Tipo 2: El/la casero/a zen.
- Cena, se pone cómodo/a y se queda en el sofá como si fuera patrimonio nacional.
- Ve las campanadas con una mantita, y un “yo no salgo ni loco”.
- A las 00:10 ya está diciendo “qué gusto no estar en un cotillón lleno de gente”.
- A las 00:30 está en la cama, orgulloso de su decisión.
Y lo mejor es que cada año puedes cambiar de chaqueta, cual político experto, y según te vaya viniendo la vida.
El ritual universal, comer, prometer y sobrevivir.
El Año Nuevo es ese día en el que todos nos convertimos en versiones optimistas de nosotros mismos. De repente creemos que vamos a ir al gimnasio, beber más agua y dejar de discutir con los cuñaos. Spoiler: el 3 de enero ya estamos tomando chocolate con churros y diciendo “el lunes empiezo”.
Las uvas, deporte de riesgo.
Cada 31 de diciembre España entera se transforma en un concurso de velocidad. Doce uvas, doce campanadas, cero dignidad. Siempre hay alguien que empieza antes, alguien que se atraganta y alguien que grita “¡VAN MUY RÁPIDO!” cómo si las campanadas fuera un político cambiando las cosas de sitio. Y luego está el clásico, el que se come las uvas sin pelar y con los huesos porque “así es más natural”, ya que después te da una charla de media hora sobre “volver a lo auténtico”.
Propósitos realistas para este año.
- No comprar más agendas que terminarán siendo posavasos.
- No apuntarme a cursos online que jamás abriré.
- No decir “solo una copa” sabiendo perfectamente que es mentira.
- Y, sobre todo, no hacer propósitos imposibles… excepto este, que es imposible de cumplir.
El verdadero espíritu del Año Nuevo.
No es empezar de cero. No es reinventarse. No es convertirse en una persona nueva. Es aceptar que seguimos siendo los mismos… pero con ganas de reírnos un poco más de nosotros mismos. Y eso, sinceramente, ya es un propósito bastante decente.
Dedicado los que empiezan el año bailando aunque no sepan ni dónde dejaron la chaqueta.