No hay sitio para tanto turista. Un desbordamiento anunciado.
Hay una frase que se repite con la popularización y masificación del turismo, pero cada vez con más fuerza, en las ciudades más visitadas del mundo. No hay sitio para tanto turista. Lo que antes era una queja esporádica o puntual se ha convertido en un diagnóstico colectivo. Y no es solo una cuestión de aglomeraciones y agobio, es un síntoma de algo más profundo, una tensión entre la vida cotidiana y una industria que, aunque trae riqueza, también impone un ritmo que muchos lugares ya no pueden ni soportar ni sostener.
Cuando la ciudad se convierte en escenario.
En barrios históricos, las calles estrechas se llenan de grupos guiados por paraguas de colorines y auriculares. Los comercios de toda la vida desaparecen para dar paso a tiendas de souvenirs idénticas en todas partes. Los vecinos aprenden a esquivar maletas con ruedas como si fueran parte del mobiliario urbano. Y lo más curioso es que, en medio de esa multitud, la ciudad pierde algo esencial, su capacidad de ser vivida por quienes la habitan.
El turismo como monocultivo.
El problema no es el turista, sino la dependencia. Cuando una ciudad se vuelca casi por completo en atraer visitantes, corre el riesgo de convertirse en un monocultivo económico. Y como cualquier monocultivo, es frágil. Basta una crisis sanitaria, un conflicto internacional o un cambio en las modas viajeras para que todo el sistema tiemble y caiga como un castillo de naipes.
Mientras tanto, los precios del alquiler suben, los servicios se saturan y la vida cotidiana se vuelve más cara y más incómoda. El visitante viene y va; el vecino se queda… o se marcha porque ya no puede permitirse quedarse.
Por supuesto que hay alternativas, pero requieren valentía política y madurez social. Regular los pisos turísticos, diversificar la economía, limitar el acceso a zonas saturadas, promover un turismo más pausado y respetuoso. No son medidas populares, pero son necesarias si queremos que las ciudades sigan siendo lugares habitables y no parques temáticos.
El derecho a la ciudad.
En el fondo, la discusión sobre el exceso de turistas es una discusión sobre el derecho a la ciudad: quién la vive, quién la disfruta, quién la sufre y quién la transforma. Y ese derecho debería empezar siempre por quienes la sostienen día a día.
Porque sí, viajar es maravilloso. Descubrir culturas, paisajes y sabores es una de las grandes alegrías humanas. Pero también lo es poder vivir en tu barrio sin sentir que estás de paso en tu propia casa.
Quizá el reto del futuro no sea atraer más turistas, sino aprender a decir: hasta aquí. No por rechazo, sino por equilibrio. Porque una ciudad que se cuida a sí misma es, paradójicamente, la que mejor puede acoger a quienes la visitan.