Pienso en aquella tarde de Pereza. Crónica de un himno para no hacer nada.
Hay canciones que te levantan el ánimo, otras que te rompen el corazón… y luego está “Pienso en aquella tarde de Pereza”, que pertenece a una categoría mucho más distinguible, la de los himnos oficiales del arte de no mover un dedo. Porque para ser sinceros, si la pereza tuviera un departamento de marketing, esta canción sería su jingle destacado.
Una tarde cualquiera… o probablemente ninguna.
La letra, que sin entrar en detalles para no destripar nada, evoca esa clase de tarde en la que el tiempo se derrite como un helado al sol y tú te vas derritiendo con él. No pasa nada, tampoco, quieres que pase nada, y si algo intenta pasar, lo miras de la misma manera con la que un gato mira un lunes. Es una oda a ese momento glorioso en el que te dices a ti mismo. “Podría hacer algo productivo… pero también podría no hacerlo.” Y la canción, muy » espacico «, y con mucha delicadeza, te recuerda que la segunda opción es perfectamente válida.
La banda sonora del sofá.
Lo mejor es que no solo describe la pereza, la induce. La escuchas y de repente tu cuerpo entra en modo de espera o pausa cíclica. Tu cerebro baja la persiana hasta abajo, y tu lista de tareas empieza a sonar como un idioma extranjero, del cual no entiendes nada. Es casi terapéutico. Casi espiritual. Casi… demasiado cómodo. Porque al final todos hemos tenido alguna vez esa tarde, en la que miras el reloj y piensas: “¿Cómo es posible que hayan pasado tres horas si no he hecho absolutamente nada de nada, multiplicado por nada?” Y la canción esta hay, como diciendo: “Tranquilo, que aquí celebramos ese talento.”
Para concluir dale al Play y deja que Pereza con su melodía haga su magia. Si buscas motivación, esta no es tu canción. Si buscas energía, tampoco. Pero si buscas validación emocional para tumbarte sin remordimientos, entonces sí que sí. “Pienso en aquella tarde de pereza” es tu nuevo himno nacional.