Los ladrones van a la oficina.

cartel

Los ladrones van a la oficina, crónica de un día laboral muy habitual.

 

Dicen que “los ladrones van a la oficina”… y no, no hablo de la serie noventera, sino de esa tragicomedia diaria que se representa, si no a diario un día si y otro no, en los parlamentos, ayuntamientos y demás habitáculos oficiales. Porque si algo hemos aprendido es que el traje y la corbata no hacen al honrado, también disfrazan a los granujas y sinvergüenzas.

 La rutina del ladrón de corbata.

 

  • Fichar a las 9. No con tarjeta, con reconocimiento facial, con la cara más dura que el diamante.
  • Café de media mañana. Se toma con azúcar… y contratos públicos inflados.
  • Reunión de equipo. “¿Cómo repartimos la obra pública entre primos, cuñados o amigos del colegio?”
  • Hora de comer. Menú del día pagado con dietas que superan el precio de un IPHONE.
  • Informe de la tarde. Se titula “Cómo justificar gastos sin justificar nada”.

 El mobiliario de la oficina corrupta.

 

  • Sillas ergonómicas para aguantar largas sesiones de “no recuerdo”.
  • Archivadores llenos de papeles que desaparecen misteriosamente.
  • Una impresora que solo saca facturas falsas.
  • Y, por supuesto, un despacho con vistas… a Suiza.

 El teatro político.

 

La frase “los ladrones van a la oficina” se puede considerar un género teatral.

  • El protagonista: un político que jura transparencia mientras guarda la llave de la caja fuerte.
  • El antagonista: el ciudadano que paga impuestos y recibe migajas.
  • El clímax: la rueda de prensa donde todo se niega con una sonrisa ensayada.

 Conclusión.

 

En este país, el verdadero coworking no está en WeWork, sino en los pasillos del poder. Allí se comparten favores, se intercambian sobres y se hacen networkings que terminan en juzgados.

Porque sí, los ladrones van a la oficina… y lo peor es que cobran nómina, dietas y hasta acumulan días de cotización, para al final desaparecer con una buena pensión.

 

Para hacerlo con más diplomacia, robar es una palabra muy mal sonante, solo se cambian las cosas de ubicación.

 

Por siempre jóvenes.

guerra fria

A los  lector@s que estén leyendo esto en lugar de aplicarse su sérum de ácido hialurónico, les comento que parece ser que se ha descubierto el secreto de la juventud eterna. Y no, no tiene nada que ver con embadurnarse de barro destilado, ni con beber agua alcalina bendecida por un monje tibetano y por supuesto tampoco dormir boca arriba para evitar las arrugas de la almohada.

Dicen que la juventud es un estado mental… pero yo creo que es más bien un estado de negación. Porque, seamos sinceros: ¿quién no ha dicho alguna vez “yo todavía aguanto como a los 20”, justo antes de lesionarse ajustando el tornillo flojo de una silla de playa.

 Trucos infalibles para estar siempre jóvenes.

 

El espejo estratégico: nunca uses uno con demasiada luz. La penumbra es tu mejor compañía.

Lenguaje actualizado: di “bro”, “cringe” o “random” aunque no sepas qué significan. La juventud está en sonar confundido pero moderno.

Baile improvisado: cuando suene música, haz un paso ridículo. Si alguien pregunta, di que es “TikTok style”.

Nutrición selectiva: pizza con piña no envejece, porque nadie sabe en qué época se inventó.

 Filosofía del “siempre joven”

 

Estar siempre joven no significa tener la piel tersa, sino seguir creyendo que un karaoke a las 3 de la mañana es buena idea. Es reírse de los memes que no entiendes, bailar como si tu rodilla no tuviera historial médico y pensar que el futuro todavía está lleno de sorpresas (aunque la sorpresa sea que ahora te entusiasma comprar bombillas LED).

 Conclusión.

 

La juventud eterna no está en el botox, ni en los filtros de Instagram, sino en mantener la capacidad de reírse de uno mismo. Porque mientras sigas diciendo “yo todavía puedo” y luego te duela la espalda… ¡Sigues siendo joven de espíritu!

Por cierto esta estupenda canción de los 80, habla de la incertidumbre y el miedo al futuro, marcado por el contexto de la Guerra Fría, y la amenaza nuclear, que parece ser que ha regresado en otro entorno . Al mismo tiempo, también transmite una mezcla de nostalgia y esperanza, convirtiéndose en un himno generacional sobre la fragilidad de la vida y el anhelo de inmortalidad.

Me subo por las paredes.

subida pared

Efectivamente,  Antoñito Molina y Abel Pintos se suben por las paredes por amor, los españoles lo hacemos por la política, sin arnés, a pelo, y a pecho descubierto.

 

“Yo te espero a cada hora y si no vienes, desespero y me subo por las paredes…” canta Antoñito Molina con Abel Pintos, en una oda o alabanza al amor desesperado. Pero si cambiamos “amor” por “gobierno estable”, la canción se convierte en el nuevo himno nacional no oficial. Porque en España, esperar a que se pongan de acuerdo en el Congreso es como esperar a que vuelva la  peseta, una mezcla de nostalgia, fe ciega y un poco de masoquismo.

 

¿Quién no se ha subido por las paredes últimamente?

 

Cuando un político dice  “hemos escuchado al pueblo”… me subo por las paredes buscando el altavoz que usaron.

Cuando el Congreso parece más un plató de “Sálvame” en vez de una cámara  legislativa… me sigo subiendo por las paredes.

Cuando un político promete “soluciones inmediatas”… vuelvo a subirme por las paredes pero esta vez con cronómetro y palomitas, y de paso que llueva café en el campo.

Menos mal que mientras tanto, Antoñito y Abel nos lo cantan con alegría, como si el caos institucional fuera una historia de amor con final feliz.

 

 

 Diagnóstico: España sufre de, síndrome de subida «paredil» crónico.

 

Síntomas:

Gritar “¡otra vez elecciones!”. Como si fuera un déjà vu.

Desarrollar alergia a las ruedas de prensa.

Escuchar a Abel Pintos y pensar que “la marea al brillo de la luna llena” es una metáfora de los cambios de opinión de ciertos partidos.

 

Conclusión, al menos nos queda el arte.

 

Mientras esperamos que alguien en el Congreso sepa conjugar el verbo “consensuar”, nos resguardamos en canciones como esta. Porque si vamos a desesperar, que sea con una copla pegadiza, una guitarra flamenca y un argentino que nos recuerda que el drama, también se puede bailar.

La política es como un carnaval, todos  llevan máscara, todos pueden prometer y prometen,  y al final… ¡Todos desaparecen!

No me importa nada.

asombro

Por fin el señor Mazón dimite y deja la Generalitat… ¡cómo quien deja el grupo de WhatsApp familiar! .Para que luego no se diga que en la política valenciana no hay drama, emoción y un poquito de comedia. Este lunes 3 de noviembre de 2025, Carlos Mazón, Expresident de la Generalitat Valenciana, ya que esta misma tarde , ha presentado su escrito de renuncia  al cargo con la misma energía con la que uno dice “me voy a comprar tabaco ” … y no vuelve jamás.

Después de meses de rumores, silencios incómodos y reuniones con Feijóo que desprendían un intenso olor más a ultimátum que a café, Mazón ha pronunciado por fin la palabra prohibida, DIMISION. Y no una dimisión cualquiera, no. Una de esas con discurso institucional, mirada al horizonte y apelación a la “responsabilidad parlamentaria” para elegir a su sustituto. Vamos, que ha dejado el marrón en manos de PP y Vox como quien dice en el argot torero “yo ya he «tomao» la alternativa, ahora os toca a vosotros torear”.

Porque esto no es una dimisión cualquiera. No, no. Esto es como si en mitad de la paella alguien dijera: “yo ya he echado el arroz y he metido la pata,  me voy”. ¿Y ahora quién remueve el sofrito? ¿Quién le pone el toque de romero institucional? Aunque ahí sigue, agarrado a ser diputado, aforado y a no comparecer ante la justicia como gato a cortina. A ver si por un arranque de dignidad (o un tropezón administrativo) decide soltarlo. Sería bonito. Sería lógico. Pero claro, esto es política, no Disney. Y hablando de lógica, ¿qué decir del Sr. Núñez Feijóo? El hombre que durante un año miró hacia otro lado mientras Mazón hacía malabares con sus mentiras.

Lo justo sería que ahora dijera: “Me equivoqué, lo siento, no volverá a ocurrir”» Me suena que esto ya lo dijo alguien antes». Pero eso sería pedirle a un cactus que dé sombra, técnicamente posible, pero altamente improbable. En resumen: tarde, mal y con cara de “yo no fui”. Y lo peor es que, aunque la función ha terminado, algunos siguen aplaudiendo como si no se hubieran dado cuenta de que el telón ya cayó.

 

Esta es una dimisión de alguien que canta “No me importa nada”… pero con el volumen bajito, por si acaso alguien le pide que devuelva el escaño.