De lo que veo y leo, la mitad me creo.

Miedo

El triunvirato del miedo. Cuando la mentira se convierte en herramienta de gobierno.

 

En la historia interminable del poder político, pocas estrategias o tácticas han demostrado ser tan efectivas y perdurables en el tiempo como el cultivo deliberado del miedo, la manipulación de la verdad y la siembra de la incertidumbre. Tres líderes o amocafres contemporáneos personifican y representan esta táctica con particular intensidad. Donald Trump, Vladimir Putin y Kim Jong-un.  Aunque operan en contextos políticos radicalmente diferentes, comparten entre ellos un manual de estrategias sorprendentemente similar.

El miedo como moneda de control de masas.

 

El miedo es quizás la emoción más poderosa en el complejo mundo político. No requiere evidencia sofisticada ni argumentos complejos, solo es necesario identificar un enemigo, real o imaginario, y amplificar la amenaza que representa.

Kim Jong-un,  ha perfeccionado este arte milenario hasta convertirlo en la columna vertebral de su régimen. El miedo en Corea del Norte opera en dos direcciones, hacia sus ciudadanos, mediante un sistema de vigilancia total y castigos ejemplares que mantienen a la población en un estado de terror permanente, y hacia el exterior, con demostraciones de poderío militar y retórica apocalíptica que buscan proyectar la imagen de un líder impredecible y peligroso.

Putin, por su parte, utiliza el miedo con una sofisticación que combina métodos soviéticos con estrategias modernas. El envenenamiento de opositores, las misteriosas caídas desde ventanas, las operaciones militares «especiales» en territorios vecinos, todo para construir una narrativa de consecuencias inevitables para quienes desafían el poder. El mensaje es claro sin ser explícito, la disidencia tiene un alto precio que se paga.

Trump más de lo mismo emplea el miedo de manera diferente,  pero igualmente efectivo, la «invasión» en la frontera, las «caravanas» de inmigrantes, el «robo» de empleos, la amenaza del socialismo. Cada aparición, cada tuit, identifica nuevos peligros que solo él puede conjurar. El miedo también se convirtió en su principal argumento electoral.

La mentira como fundamento de la realidad.

 

Donde el miedo abre la puerta, la mentira termina de construir el edificio completo. Pero no hablamos de mentiras ocasionales o estratégicas, sino de sistemas enteros construidos sobre la falsedad deliberada , intencionada y sistemática.

El régimen norcoreano ha llevado esto a niveles casi surrealistas. Kim Jong-un, según  propaganda y versión  oficial del régimen, es un líder de capacidades sobrehumanas, conduce perfectamente sin haberlo aprendido, no necesita usar el baño, ha escalado montañas imposibles. Estas mentiras absurdas no buscan ser creídas literalmente, sino establecer que la verdad es propiedad del Estado, que la realidad es lo que el líder dice que es, como si fuera un rey absolutista.

Putin ha desarrollado lo que algunos analistas llaman «la mentira estratégica». No se trata solo de negar lo evidente, como las operaciones militares rusas en territorios vecinos o la injerencia en elecciones extranjeras , se trata de crear tantas versiones contradictorias que la verdad misma se vuelva inalcanzable. Porque  cuando todo puede ser cierto y falso simultáneamente, la verdad pierde su significado real y auténtico, por lo que el poder puede operar sin rendir cuentas.

Trump ha introducido en la democracia occidental algo que sus predecesores consideraban irracional e impensable, la mentira descarada o dicho de otra manera a cara perro, como herramienta cotidiana de gobierno. Las «verdades alternativas» y los «hechos alternativos» no son errores o malentendidos, sino una declaración de independencia respecto a la realidad objetiva, llevando a los medios a que se conviertan en «enemigos del pueblo» convirtiendo los datos en «noticias falsas».

La incertidumbre como estado permanente.

 

Lo peor de este  autoritarismo y quizás el más intrigante, sea la incertidumbre deliberada. Cuando la población no sabe qué esperar, qué es real, qué normas aplican o cuándo cambiarán las reglas, la capacidad de resistencia colectiva se merma y se desgasta.

Kim Jong-un,  mantiene a su propio círculo interno en permanente inquietud e incertidumbre. Los altos funcionarios no saben si serán promovidos o ejecutados. Esta imprevisibilidad no es un defecto del sistema si no su estado natural de chaladura loquera, nadie puede sentirse seguro, todos dependen del capricho del líder.

Putin con sus delirios de grandeza ñoña, ha convertido la ambigüedad estratégica en arte. ¿Son tropas rusas o «voluntarios»? ¿Es una operación militar o una «operación especial»? ¿Habrá consecuencias nucleares o es solo retórica? Esta niebla o bruma deliberada paraliza tanto a oponentes internos como externos, que nunca pueden estar seguros de dónde está la línea roja.

Trump con su demencia desequilibrada gobierna mediante el caos calculado. Las políticas cambiaban con tuits a las 3 de la madrugada, los funcionarios son contratados y despedidos sin patrón aparente, las declaraciones de un día son negadas al siguiente. Esta imprevisibilidad mantiene a aliados y adversarios constantemente desequilibrados, incapaces de establecer estrategias a largo plazo.

Estos asalta trenes, han demostrado que en el siglo XXI, con sus redes sociales y su fragmentación mediática, las viejas herramientas del autoritarismo funcionan incluso mejor que en la antigüedad. La tecnología que prometía democratizar la información ha resultado ser el vehículo perfecto para la desinformación. Las plataformas que debían conectarnos nos han encerrado en burbujas ideológicas, donde el algoritmo premia la emoción sobre la razón y la fidelidad sobre el pensamiento crítico. En lugar de abrir mentes y horizontes, nos ha devuelto a trincheras digitales, reforzando perjuicios y amplificando voces extremas. Así, el autoritarismo no solo sobrevive, se adapta, se disfraza de viralidad,  y se propaga a la velocidad de la luz con un clic.

La pregunta no es si estos líderes utilizan el miedo, la mentira y la incertidumbre como herramientas de poder, ya que la  evidencia es abrumadora, sino si nosotros, como sociedades avanzadas, tenemos la claridad moral y la fortaleza institucional para rechazar estas tácticas y exigir algo mejor de quienes nos gobiernan, porque al final, el poder de estos líderes no reside solo en sus estrategias, sino en nuestra disposición a aceptarlas.

 

«Porque en tiempos de filtros, titulares y verdades a medida… creerlo todo sería el verdadero acto de fe.»

 
 

Sesión de control.

caos parlamentario

Las sesiones de control al gobierno, son ese momento mágico de la semana donde nuestros  distinguidos y honorables representantes se reúnen para practicar el arte milenario de preguntarle algo a alguien sabiendo perfectamente que no te va a contestar a lo que has preguntado.

Se inicia con la llegada al hemiciclo. Los diputados entran como gladiadores al Coliseo, pero en lugar de espadas llevan carpetas azules llenas de preguntas preparadas tres semanas antes por becarios que ya han olvidado por qué las escribieron.

El presidente del gobierno toma asiento con esa sonrisa que dice «he dormido 4 horas, pero voy a fingir que todo está bajo control». La oposición afila sus metáforas más elaboradas. Los asesores comprueban nerviosos que sus políticos lleven la pregunta correcta y no la equivocada. A continuación llega el momento estelar de la fiesta. LA PREGUNTA. Pero no una pregunta común, simple o normal No. Esto es prosa expositiva y argumentativa.

«¿No cree el señor presidente que su política económica, que ha llevado a este país al borde del abismo desde donde podemos ver claramente el precipicio de la ruina mientras las familias trabajadoras sufren el embate de medidas neoliberales que recuerdan a tiempos oscuros, debería ser reconsiderada?»

A continuación llega la respuesta del gobierno. Un monumento a la capacidad humana de hablar durante tres minutos sin decir absolutamente nada significativo:

«Permítame que le diga que esta pregunta demuestra precisamente lo que venimos diciendo desde hace mucho tiempo. Cuando llegamos al gobierno, la situación era dramática. Encontramos…»

Y ahí es donde  empieza un viaje alucinante por la historia reciente del país, anécdotas sobre gestiones anteriores, datos estadísticos elegidos con la precisión de un francotirador, y alguna referencia a Europa que nadie tiene la más mínima idea de a qué viene.

Después de varias horas de este sublime espectáculo, todos abandonan el hemiciclo, como alma errante que el demonio no olvida, pero antes.

La oposición declarará ante las cámaras  que «el gobierno ha quedado retratado» (Todos lo dicen, pero nadie aclara qué significa esto).

El gobierno anunciará que «ha dado explicaciones claras y contundentes» (tampoco nadie sabe cuáles son).

Los ciudadanos seguiremos sin entender qué coño pasa con la factura de la luz.

Para terminar y resumiendo, las sesiones de control son como ese familiar o «cuñao pesao»  en las comidas de Navidad, sabes que va a ocurrir, sabes que van a ser incómodas, pero tampoco lo puedes evitar, ya que nadie va a cambiar de opinión sobre nada, pero al menos nos dan contenido para los memes de la semana.

¿Alguien necesita Netflix cuando tienes el Parlamento en directo?.

 

Próximo capítulo: «Los plenos nocturnos: Cuando los diputados descubren que también se legisla de «Madrugá».

 

 

 

Aquí no hay playa.

playa

«Aquí no hay playa». El himno oficial de los madrileños con complejo de sirena.

 

Si alguna vez has estado en Madrid en julio o agosto, sabrás que el calor es bastante abrasador. Es ese tipo de calor que te hace cuestionar tus decisiones de vida, como por qué no naciste en Málaga  o Cádiz. Y justo cuando estás a punto de derretirte como un helado olvidado en el salpicadero del coche, suena en tu cabeza: «¡Vaya, vaya, aquí no hay playa!» La canción de The Refrescos es más que un hit ochentero,  es una declaración de principios, una oda a la frustración veraniega, y probablemente el único tema que ha logrado unir a todos los madrileños y a los que vivimos tierra adentro, en un grito colectivo de resignación.

 

 ¿Qué tiene esta canción que nos hace bailar mientras lloramos?

 

Ironía nivel experto. La letra enumera todas las maravillas de Madrid, museos, cultura, bares, tráfico infernal, y luego te lanza la bomba: «¡ Pero, no hay playa»!. Como si eso fuera lo único que importa. Y en verano… importa y bastante.

Coreografía espontánea. Basta con que suene en una fiesta para que todos los madrileños levanten los brazos y griten el estribillo como si fuera el himno nacional. Spoiler: no lo es, pero debería.

Universalidad urbana. Aunque nació como un lamento madrileño, cualquier ciudad sin costa puede apropiarse de este himno. ¿Eres de Zaragoza? ¡Vaya, vaya! ¿De Albacete? ¡Aquí tampoco hay playa!

 

En el año 2026, tras una reforma urbanística que nadie pidió, pero que todos celebraron y con el visto bueno de la » Presicienta «, Madrid inaugurará su primera playa artificial en el centro de Madrid. Playa del Retiro. Con arena traída de Almería y olas generadas por políticos soplando desde el Congreso, la capital se convierte en el nuevo Benidorm con acento castizo.

 

Atrapados en el ascensor.

pinguino

Cuando quedarse atrapado en un ascensor es el menor de los problemas. Una reflexión absurda.

 

Hace poco me acordé de esta copla «Atrapados en el Ascensor» de Un Pingüino en mi Ascensor, esa joya del indie español que posiblemente todos hemos tarareado alguna vez. Y mientras la escuchaba por millonésima vez, tuve una revelación completamente inapropiada, esta canción sobre estar encerrado en un espacio reducido con tensión en aumento, es básicamente lo opuesto al conflicto de Gaza, pero también… ¿Inquietantemente similar?

La Paradoja del Espacio Confinado.

En la canción, los protagonistas están, atrapados en un ascensor. Espacio limitado, sin salida aparente, tiempo indefinido de espera. En Gaza, millones de personas viven en uno de los territorios más densamente poblados del mundo, también sin salida aparente. La canción juega con esa incomodidad existencial de estar atrapado con alguien. ¿De qué hablamos? ¿Miramos el techo? ¿Fingimos revisar el móvil?. Gaza lleva décadas con esa misma pregunta pero en versión geopolítica: «¿Y ahora qué hacemos?» La diferencia es que en el ascensor posiblemente llega el técnico en 15 minutos. En  Oriente Medio, el técnico lleva 75 años diciendo que viene en 15 minutos.

Quejarse de estar atrapado en un ascensor durante 15 o 20 minutos es el peak de los «problemas del primer mundo». Poner esto al lado de un conflicto que ha costado decenas de miles de vidas es tan absurdo que casi da la vuelta completa y se convierte en comentario social. Es como comparar un dolor de muelas con una pandemia global. Técnicamente, ambos son problemas, pero… En este mundo ya nos hemos acostumbrado a que los más locos y pirados lleven las riendas del planeta.

Si algo nos enseña esta comparación en cierto modo ridícula es que la perspectiva lo es todo. La próxima vez que te quedes y te quejes de estar atrapado en un ascensor, recuerda que hay lugares donde «atrapado» no es una inconveniencia temporal sino una realidad permanente.

Porque sí, algunas comparaciones son tan forzadas que ni siquiera deberían existir. Pero aquí estamos con más de lo mismo.

 

Mientras los locos sigan en el poder…Los ciudadanos, seguiremos siendo un público cautivo.